A estas alturas ya está más que claro que soy fan de las novelas juveniles y la fantasía. He leído mucho desde que era una enana pero si hay una saga que ha marcado mi adolescencia y mi visión de muchas cosas es Percy Jackson (y Héroes del Olimpo, la segunda saga). A día de hoy aún me releo los libros de vez en cuando, espero con ansias la adaptación a televisión (las películas no existieron nunca) y, durante este último año, me he dado cuenta de la suerte que he tenido al poder aprender sobre la dislexia y el TDAH a través de Percy, Annabeth y el resto de semidioses.
La Atención a la Diversidad es uno de los ejes fundamentales de la pedagogía y la educación: se estudia en el máster habilitante, hay toda una serie de cursos para especializarte y sobre todo porque, a la hora de la verdad, en una clase de secundaria vas a encontrarte con más de treinta adolescentes con sus problemáticas generales pero, además, algunos probablemente tengan un bagaje mayor por tener TDAH, TDA, dislexia, Asperger, inteligencia límite, altas capacidades… Poder conocer «desde dentro» a personas con estos trastornos, aunque sean ficticios, ayuda a comprender mejor a este alumnado y a adaptar las clases a sus necesidades de forma que puedan aprender a su ritmo y manera.
No solo eso, sino que poder ponerte en la piel de esos adolescentes te da una sensibilidad que de otra manera es posible que no consiguieras. Es esta una de las razones por las que es tan importante la representación en la ficción (ya sea en el cine y la televisión o en la literatura). Quien me conoce sabe que tuve una muy mala experiencia durante mis prácticas en el instituto por distintas situaciones pero, sobre todo, por estas cuestiones. La profesora que me tutorizaba no sabía nada sobre necesidades específicas, solo que tenía más papeleo por parte ciertos estudiantes. Tampoco se interesaba en aprender o en adecuar sus clases para que fuera útil y adecuada para todo el mundo. Incluso, llegó a pedir a este alumnado una serie de actividades que eran totalmente contraproducentes.
Por esta razón, creo firmemente que he tenido mucha suerte de conseguir esa sensibilidad y conciencia cuando apenas tenía 12 años y haberme familiarizado aún más durante los siguientes años. Tengo claro que en mis clases la diversidad y su atención será fundamental pues los estudiantes merecen ser tratados como personas y no como niños problemáticos. Aún nos queda mucho por aprender y mucho por comprender pero este es el camino correcto.
